Dentro de Chile, la pintura chilena está subvalorada. Frente a lo que pasa con la poesía, el asunto se hace bien nítido. Y el mejor ejemplo nos lo da Arturo Gordon. A Gordon se le aprecia, entre conocedores, entre coleccionistas; sus obras tienen demanda y en las subastas alcanzan los precios más altos. Pero eso es muy poco. De Gordon no se escriben libros, ni notas de prensa, ni tampoco se le ve aparecer en las redes, para recordar su nacimiento o su muerte, o como uno de los héroes de nuestra cultura, como pasa con la Mistral, Neruda, De Rokha, Parra o Bolaño, siendo un artista que, por potencia creativa, innovación y atrevimiento, tiene sobrados méritos para ser considerado otro de nuestros héroes. Uno de los grandes.
Y eso, esta
escasa difusión y presencia de Gordon, se debe nada más que a eso, a que acá en
Chile la pintura chilena, dentro del conjunto de disciplinas artísticas, es
mirada en menos, de soslayo, a medias.
A comienzos
de agosto pasado, estuve unos días en Buenos Aires. Con un programa no poco
cargado de encuentros y visitas, el primero en la lista fue Gordon. Al
descubrimiento de una obra fundamental. Y perdida. Bodegas del Museo Nacional
de Bellas Artes, donde muy amablemente me atiende Mercedes de las Carreras, su
jefa de colecciones. La obra, de formato medio, no luce en el mejor de los
estados, no por problemas de conservación sino porque la calidad de los materiales
–tela, colores- se distingue de nivel apenas mediano. Lo que era habitual en la
primera etapa de la trayectoria del pintor. Y sí, este cuadro lo pintó Gordon a
los 26, en 1909, y pertenece al estado argentino desde el año siguiente, 1910. La
historia que encierra es interesante y merece ser atendida.
1908. El gobierno
de Chile contrata al español Fernando Álvarez de Sotomayor, artista de
prestigio, formado en Roma, como profesor de la escuela de Bellas Artes de
Santiago. Durante una velada, un grupo de jóvenes de clase alta le enseña una
pintura que hace un tiempo uno de ellos le compró a un joven artista
desconocido en la calle, por veinte pesos. El dueño del cuadro duda en mostrarle
a un maestro de su estatura un cuadro que, más que por verdadero interés, había
comprado por hacerle un favor al pintor, al que había visto implorante y con
aspecto desnutrido. Sotomayor, al ver la pintura, se asombra. Esto es un Goya,
dice, y pregunta desconcertado si acaso hay más cuadros de Goya en Chile. Le revelan
la identidad del autor, Arturo Gordon, hijo de una familia de agricultores,
nacido en Casablanca, pequeño pueblo rural próximo a Valparaíso, quien, días
atrás, en visita a su miserable taller en el sector norte de la capital, les ha
confesado que ha decidido dejar los pinceles dada la nula respuesta comercial por
sus trabajos y volverá a su tierra a ayudar a su padre en labores agrícolas.
Otro de ellos, que le ha comprado unos dibujos, se los muestra. El español, ya
completamente convencido de los méritos del joven artista, comenta que está a
cargo de organizar el envío de pinturas para la gran exposición internacional
que se realizará en Buenos Aires para celebrar el Centenario y que quiere a
Gordon. Los amigos le entregan las coordenadas para ubicarlo. Al año siguiente,
entre más de dos mil obras participantes de distintos países, la obra del chileno
obtiene una dignísima medalla de plata y es comprada por cien mil nacionales
por el gobierno argentino. Dado el inusitado éxito, el joven pintor decide hacer
maletas y radicarse del otro lado de los Andes.
| "La meica del barrio", pintada por Arturo Gordon en 1909l, obra fundamental de la pintura chilena |
Ese cuadro,
el premiado, es “La meica del barrio” y da cuenta de algo harto relevante:
Arturo Gordon ya había armado lo medular de su lenguaje pictórico, de su
asombroso lenguaje pictórico, antes de la llegada de Sotomayor. Ese lenguaje
que supera el molde de las escuelas, que toma el criollismo y lo recarga, lo exacerba,
le inyecta una paleta de un atrevimiento desconocido en el medio local, lo saca
por completo del fraseo académico y lo proyecta ya como una voz única,
singular, autónoma, viva. Sotomayor, maestro de gran influencia, se limita a
descubrirlo y a dar una guía final.
Gordon
prolongará su estadía en Argentina durante varios años. No está claro cuántos. Sabemos
que en 1921 el Salón Oficial de Santiago le entrega la medalla de oro a su
estupendo “El Sarao” y que, al año siguiente, da clases en la Academia de
Valparaíso. El resto de su producción porteña, la rioplatense, lo más seguro es
que se reparta en colecciones privadas. Poco se sabe, se nos pierde. “La meica
del barrio” también se nos pierde, embodegada esperando su improbable turno
entre 14 mil obras. Una obra fundamental dentro de la producción de Arturo
Gordon, gran maestro de la pintura chilena, cuya real estatura, de alcance
continental, también se nos pierde.
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| "El sarao", premiada en el Salón de Santiago de 1921 |


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