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Sarmiento, Aguirre Cerda y la Mistral, notable encuentro en la humilde Pocuro

 


Por Pablo Salinas

No deja de ser extraordinario encontrarse en la humilde Pocuro, un par de kilómetros al sur de la ciudad de Los Andes, con un inmueble con tanta carga patrimonial y simbólica. Un caserón de adobe, austero, con una sola ventana cuadrada hacia la calle, que, a primeras, no tendría por qué diferenciarse de otros similares que, por fortuna, en aquellos valles aconcagüinos todavía abundan. El amarillo amostazado de su exterior, manchado con las picaduras del paso del tiempo, quizá en algo lo diferencia, lo separa. Un pequeño letrero delante de su puerta nos despeja el norte: “Casa Domingo Faustino Sarmiento”.

En efecto, el sanjuanino, con apenas 20, residió buena parte de su primer exilio en Chile ahí. Le dio uso como vivienda, también como negocio, pero, sobre todo, como escuela. En 1831, quien llegaría a ser llamado en su país como “el padre del aula” por su notable apoyo a la educación, debutaba en la humilde aldea de Pocuro como director de la primera escuela pública. Hecho de gran significación que Gabriela Mistral tuvo muy presente mientras vivió en Los Andes entre 1912 y 1918; escribió al respecto, clamando por más atención hacia Pocuro y señalando a la casa como merecedora de peregrinación.

Reclamo que, pasado más de un siglo, parece renovar a tope su vigencia. Sarmiento, el padre del aula, el más decidido promotor de la instrucción pública en tiempos de asentamiento de nuestras repúblicas, tiene su estación base en aquel caserón, recibiendo a los hijos de las familias campesinas de los alrededores. Luego, en un segundo exilio, con Manuel Montt como incondicional aliado, el gobierno chileno, 1842, le confía la conducción de un proyecto pionero en toda Latinoamérica, la escuela de preceptores, y, años más tarde lo manda a Europa y Estados Unidos a entrar en contacto directo con las tendencias señeras en el ámbito de la educación. Ese viaje, trascendental en la maduración del perfil intelectual del argentino, entregará el soporte para, primero, la histórica moción presentada por Montt siendo parlamentario y, finalmente, la ley de instrucción primaria, promulgada durante su gobierno.  



Los duros inicios del “padre del aula” están en Pocuro (sabemos que, además de jóvenes alumnos, en 1833 recibe a un inspector de aduanas quien lo acusa injustamente de vender tabaco de contrabando en su pequeño negocio y lo lleva a tribunales). Los ecos de aquella presencia repercuten, por más que se nos pasen de largo. Hacia 1938, en el marco de la campaña presidencial, los muros del viejo caserón son pintarrajeados con consignas, no cualquier tipo de consignas: “Sarmiento, trajo la cultura, Aguirre la libertad”. Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular, su lema será “gobernar es educar”. Los muros de la casa que Sarmiento había habitado hacía un siglo no fueron elegidos por un grupo de adherentes particularmente instruidos, con un conocimiento mayor de la historia, sino, más simple, porque esas son las tierras del candidato, su lugar de nacimiento, de hecho, al otro lado de la calle, a escasos metros, está la casa familiar de los Aguirre Cerda.

Sarmiento y Aguirre, presidentes de Argentina y Chile, que llevaron la bandera de la educación a tope durante sus mandatos, cuyas figuras, por esto mismo, gozan hoy, ante los álgidos entrecruces del presente, de una vigencia innegable. Ambos enganchan de manera formidable y para siempre sus nombres en la humilde Pocuro.

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