Por Pablo Salinas
Martes 4 de agosto
En la vida hay cosas que no salen como uno hubiera querido y otras, en cambio, que salen de maravilla. Conjunción de astros, vientos que soplan para llevar tu botecito justo donde hay que recalar. Por ejemplo, hoy, visita al Museo Nacional de Bellas de Buenos Aires. Una pinacoteca de ensueño que guarda un tesoro escondido, bien escondido. La Meica del barrio, obra pintada por el gran Arturo Gordon en el primer tramo de su carrera, a los 26, 1909. El casablanquino era entonces un pintor totalmente desconocido, que vivía en la inopia. El gallego Álvarez de Sotomayor, a poco de llegar a Chile como profesor del Bellas Artes, descubre su talento, lo compara con Goya, y elige varios de sus trabajos para que formen parte del envío chileno a la Exposición Internacional que organiza el estado argentino para celebrar su centenario. La Meica recibe una medalla y el gobierno argentino la compra. En una colección tan grande y enjundiosa como la del Bellas Artes porteño, con 14 mil obras -Van Gogh, Monet, Gauguin, Tiépolo...- , se entiende que en la actualidad la pintura de Gordon esté en bodegas. Mercedes de Las Carreras, encargada de las colecciones, muy gentilmente me permite hoy sacar el cuadro de nuevo a la luz y contemplar una de las obras más significativas no solo de la producción de Gordon, sino de la historia de la pintura chilena.
Jueves 6 de agosto
Durante su estadía en Buenos Aires en 1923, en el marco de su exposición en salas de Retiro, Alberto Valenzuela Llanos se alojó en un piso en Rivadavia 1479. Hoy, a eso del mediodía, tras una intensa tormenta, pude visitar el lugar, que, al menos por su fachada, se presume que se conserva en buen estado y sin mayores modificaciones. La agitación en las calles de la capital trasandina -y muy especialmente en las de ese sector- supongo que habría crispado los nervios de nuestro sensible maestro colchagüino. En la previa de la votación en el congreso de la polémica Ley de Tierras, la temperatura social fue en aumento, mientras la del termómetro caía en picada.
El itinerario siguió hasta la tumba de San Martín, flanqueada por un par de jóvenes granaderos a caballo, en el corazón de la recia Catedral -junto a ésta, descansan también los restos de Las Heras-, y de ahí hasta la Fuente de las Nereidas de la notable Lola Mora. Artista insoslayable, hace poco ha sido muy justamente honrada con un espléndido museo, diseñado por César Pelli, en las afueras de San Salvador de Jujuy.
Viernes 7 de agosto
La pintoresca mansión de estilo italianizante que construyó el hacendado Gregorio Lezama en lo alto de una loma, en el barrio de San Telmo, se convirtió en 1897 en sede del Museo Histórico Nacional de Argentina. Guarda una colección de indudable valor. Sables, trajes de gala y objetos personales de próceres; también retratos. Y pinturas que recrean episodios notables de la historia trasandina. En este ámbito, un aspecto que para un nativo del lado oeste de los Andes necesariamente impresiona: el artista con el mayor número de obras -y, quizá también, las más importantes de todo el conjunto- es el chileno Pedro Subercaseaux. Hecho singular que se produce por iniciativa de Adolfo Carranza, primer director del museo. Subercaseaux que, como sabemos, vivió en Algarrobo entre 1914 y 1917, justo algunos años antes produjo esta serie de telas, todas de dimensiones holgadas. Cinco en total. Dos de temática donde la historia de Argentina y Chile converge -San Martín en la batalla de Chacabuco y El Abrazo de Maipú- y otras tres de médula íntimamente albiceleste -Mariano Moreno, el Himno Nacional y el Cabildo de Mayo.
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