Por Pablo Salinas
A inicios de
1936, Iósif Stalin está en la cima de la pirámide del poder soviético. Relegado
a papeles secundarios dentro de la orgánica bolchevique, recién tras la muerte
de Lenin, en 1924, la voracidad de su ambición personal se había empezado a
revelar sin tapujos, activando un ascenso progresivo e incontenible. Convertido
en jefe máximo, entre sus múltiples ocupaciones, en enero de ese año asiste dos
veces a la ópera. Algo excepcional. Ni por formación ni por sensibilidad tiene
especial cercanía con la música ni con las artes; sin embargo decide ir a
sentarse al teatro por partida doble en tandas largas, de varias horas.
Primero, el 17, asiste a una producción donde convergen dos jóvenes talentos
soviéticos, compositor y escritor, música que se inspira en un libro que exalta
el heroísmo del pueblo ruso. Jornada plácida, redonda, aprobación total. Luego,
el 26, el panorama cambia. Se trata también del trabajo de un artista joven,
que todavía no llega a los treinta, pero en ningún caso un debutante; ya ha escrito
otras óperas y algunas sinfonías y empieza a ganarse un lugar preponderante en
la escena cultural soviética. De hecho, la obra se había estrenado hacía dos
años, con amplia aceptación, de público y crítica. Por esto mismo, porque no se
trata de una pieza cualquiera, sino de una que ha seducido a tantos de sus
camaradas, creación de un compositor alabado por los entendidos, esta vez acude
al teatro acompañado por un séquito de altos dirigentes, encabezado por su fiel
Viacheslav Mólotov.
El aguante
del jerarca se extingue antes del término de la obra. Stalin, junto a su
comitiva, abandona el palco en medio de la función. Desde la platea, esta
salida intempestiva es presenciada por el compositor de la ópera, un aterrado
Dmitri Shostakóvich. En rigor, entre el público, esta salida de la plana mayor
del Kremlin no deja indiferente a nadie. La función despertaba el interés de la
mayoría; sin embargo el gran jefe georgiano parecía discrepar. El asunto, nada
liviano, queda abierto a interpretaciones sólo dos días. El 28, un artículo publicado
en el diario más importante del país, el Pravda, se encarga de terminar de
golpe, sin anestesia, con las especulaciones. Ya el título, “Caos en la música”,
hace temblar a varios. Si bien la guadaña de Stalin iniciará su gran purga
algunos meses después, el grueso de la población tiene un más que justificado
respeto al poder de fuego de la represión estatal.
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| "Caos en la música", hito en la historia de la censura, aparecido el 28 de enero de 1936 |
El artículo
de Pravda devela el parecer de Stalin: la ópera no sólo no ha sido de su gusto,
sino, más bien, la he generado el más franco y completo rechazo. Nada digno ni
ejemplar para ser destacado. Por el contrario, se trata de una obra “tosca,
primitiva y vulgar”. Pero, ¿resulta esto sorpresivo? ¿Se podía esperar una
respuesta distinta? Shostakóvich, genial como músico, no tenía dotes de
visionario como para anticipar el infierno represivo que se avecinaba, pero
tampoco pareció muy inclinado a leer las advertencias más concretas. En 1932,
el propio Stalin había grabado en piedra las directrices de lo que quería en
materia de creación artística, el derrotero del llamado realismo socialista,
que alentaba arte alejado de experimentaciones vanguardistas, cercano a temáticas
populares que estimularan los sentimientos patrióticos. ¿Y el joven Dmitri con
qué salía? Con una ópera con una mujer malcasada de protagonista, que tiene
escenas de sexo con su amante sobre el escenario, que junto a éste mata a su
esposo y a su suegro, y un grupo de empleados, proletariados, pusilánimes y
cómplices. Todo esto, con una propuesta sonora nerviosa, crispada, oscura.
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| Escena de "Lady Macbeth" en una producción de la Ópera Nacional de París |
“LadyMacbeth de Mtsensk”, la obra con la que Shostakóvich pretendió iniciar una
trilogía consagrada a la suerte de la mujer rusa a través de los siglos, detuvo
su marcha tras el artículo y no volvió a ser ejecutada en suelo soviético
durante los siguientes 17 años de gobierno de Stalin.
El compositor,
reprendido, dejó pasar un lapso de tiempo prudente para dar a conocer su nueva
gran obra. El 21 de noviembre de 1937 reaparece con el estreno de una nueva
sinfonía, la quinta de su producción. En un teatro repleto con un público
expectante, ofrece un extenso friso, cuya frase inicial, a cargo de las
cuerdas, densa y desconsolada, parece sobrevolar a lo largo de sus más de 50
minutos de duración. Nada de melodías directas, fáciles, exultantes, que insuflen
sentimientos patrióticos, de confianza en el proceso nacional, más bien un
encadenamiento de preguntas, profundas, planteadas en una arquitectura sonora
recia, acerada. Aun así, al final del oscuro y electrizante viaje, los
asistentes, algunos con lágrimas en los ojos, premian con una estruendosa
ovación al maestro. La música, el arte, la creación humana, nuevamente han
triunfado.
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| Shostakovich en su mesa de trabajo, a inicios de la década de 1940 |




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