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Recuerdos de Londres

 


A comienzos del año 2000 expuse mis pinturas en Londres. En rigor, se trató de una exposición individual de mis trabajos; no me acuerdo el número exacto pero habrán sido 12 a 15 cuadros, que llevé desde mi taller algarrobino para colgar en una sala en el subsuelo londinense, la sala habilitada para esos fines del Canning House, institución concentrada en la promoción de la cultura hispanoamericana en Inglaterra. El Canning House se ubicaba entonces en pleno Belgrave Square, muy señorial barrio, con alta concentración de impolutas embajadas. Cuando conocí el recinto, una mansión del siglo XIX con amplios salones de piso de mármol y refinados muebles, no me pareció, de hecho, el lugar más adecuado para montar una exposición de pinturas. Pero la sala estaba en el subsuelo, donde también, si mal no recuerdo, funcionaba la biblioteca. El espacio para las muestras artísticas era mucho menos empingorotado que la planta superior, más moderno, más cercano a un hall universitario que a la especie de sala de ventas de Cartier de la parte de arriba.

Llegué con mis cuadros desde mi taller algarrobino, como dije, llevando todo el material junto conmigo en el avión, buena parte telas enrolladas y metidas dentro de tubos de PVC, pero también algunos bastidores; la idea era mandar a hacer la menor cantidad posible de bastidores nuevos en Inglaterra, donde los precios se disparaban y, por lo demás, tampoco tenía para nada claro donde podría mandar a hacer el trabajo. La exposición se inauguró a mediados de enero; durante el tramo final del año anterior, 1999, en Chile intenté por todos los medios conseguir apoyo del gobierno para, precisamente, lograr facilidades para el traslado de los cuadros, sin éxito. No me quedó otra más que resolver el punto de la forma más precaria, viajando con mis trabajos a cuestas. Por eso cuando pude ver todas las telas finalmente colgadas en la sala, a días de la inauguración, la sensación de satisfacción y alivio fue grande.



En Algarrobo, poco antes de partir, una señora que había pasado buena parte de la dictadura residiendo en Inglaterra junto a su familia, y que tenía un hijo pintor, al saber que expondría en Londres, me preguntó dónde. Canning House. Su comentario fue tipo “ah, sí, mi hijo partió exponiendo ahí, como casi todos los latinoamericanos cuando llegan a Inglaterra”. Y sí. La sala no era el Barbican ni una en la órbita Saatchi (que era la muy de moda entonces); funcionaba precisamente como puerta de entrada para artistas del mundo hispano, ni más ni menos que eso. Pero, por cierto, a mí me daba lo mismo qué tan encumbrado en el ranking estaba el espacio donde expondría. El tema era sacar los cuadros fuera de Chile y llegar a exponerlos en Londres. Como diría Pedro Vargas, saber llegar.

La exposición, dos o tres semanas, de fines de enero a mediados de febrero. Entonces Pinochet llevaba poco más de un año en su palaciega reclusión de Virginia Waters, retenido por una orden de captura internacional lanzada por el juez Garzón, generando toda una crisis político-diplomática entre Chile y el gobierno de Tony Blair. De hecho, en las varias visitas que hice a la embajada, nunca me recibió el titular, señor Cabrera, quien estaba literal e invariablemente absorbido por las denodadas gestiones para liberar al ex dictador.

Muy gentilmente llegaron el cónsul y el agregado cultural de nuestra representación nacional a la inauguración, que sí se hizo en los estupendos salones de la planta superior. Bien recuerdo que hubo en abundancia vino chileno. Semanas antes de mi viaje, me había reunido con el gerente de una viña en las afueras de Santiago, quien había aceptado gustoso apoyar mi show londinense con varias cajas de sus productos estrellas, chardonnay y cabernet sauvignon.

En ese entonces (en mi mundo al menos) no existían las cámaras de foto digitales. O si existían eran caras y no de buena calidad, poco confiables. Todavía imperaba el modo análogo, las hoy en total desuso cámaras de rollo y revelado en laboratorio. Yo llevé una de ésas, un modelo básico, como para tener recuerdos del viaje. Durante el evento de inauguración se tomaron fotos. Algunas, de peor calidad, con mi cámara, en la sala del subsuelo, donde estaban los cuadros, y otras, arriba, bajo las lámparas de cristal, con las copas con vinos del valle del Maipo y tostadas con quesos franceses. Estas últimas, hechas por un chileno con cámara profesional, de gran calidad, fueron mandadas a El Mercurio y publicadas en la página de vida social. Después me enteré que el fotógrafo había montado en cólera porque en la publicación del diario su nombre se había omitido, en los créditos de las fotos. No tuve oportunidad de comentarle que a mí, protagonista del mambo, me habían mudado de Pablo a "Pedro Salinas".




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