Por Pablo Salinas Dinámica que pulsa de forma regular, con alguna intermitencia, la del ajuste identitario nacional lleva casi necesariamente, casi por norma, a comentarios más o menos torpes, nada esclarecedores, menos inspiradores. Anclar la discusión a un concepto –que si Chile alcanza a ser un país o no, que si alcanza a ser una democracia o no, que si es más o menos conservador, y así- es un hábito propio de mentes moldeadas por la lata de la academia, pero que, siendo honestos, está condenado a reportar resultados pobres. Mucho más provechoso resulta definir el marco, ajustar el foco, en términos de “cultura”, es decir, de las huellas de las múltiples manifestaciones de nuestra naturaleza humana. Las etiquetas, la necesidad de encuadrar el análisis en base a etiquetas, a conceptos predefinidos, queda de lado. Y la cultura, hablando de Chile, nos entrega inequívocos rasgos, señas, tonalidades, que, en conjunto, arman esa matriz, ese perfil particular, la identidad propia de...
Desde el litoral